martes, 19 de febrero de 2008

Lord of the flies


¿Acaso podría alguien afirmar si existe el bien o el mal? Y de existir , ¿cuál es la definición correcta? o ¿qué parámetros sirvieron para su definición?

Lo único cierto es que ambas concepciones nos fueron enseñados desde que éramos niños y que a pesar de coexistir con estos conceptos por años, décadas y hasta siglos, aún no hay una respuesta que nos ofrezca una respuesta satisfactoria.

Este tema ha sido cuna de enormes polémicas a lo largo de la historia. Por ejemplo en el plano de las Relaciones internacionales ha girado en torno al carácter natural del ser humano. Mientras los realistas, consideran que el hombre es malo o proclive al mal por naturaleza; su contraparte los idealistas, esgrimen que el hombre es bueno por naturaleza y que eran otros factores de tipo social, los que modificaban esta condición intrínseca en él.

Después de años de discusión no ha habido ningún estudio que hay logrado comprobar el juicio de alguno u otro, sin embargo, existen otro tipo de elementos como la ficción que bien nos pueden ayudar a reflexionar sobre estos temas.

Hace más o menos 53 años William Golding escribió lo que sería su obra maestra Lord of the flies (El señor de las moscas), un libro que más allá de la literatura sienta una serie de preguntas importantes sobre el carácter del ser humano y la importancia de la sociedad en su desarrollo.

El escenario no puede ser mejor: una isla desierta a la que son enviados varios niños, so pretexto de protegerlos de un inminente conflicto nuclear. Poco a poco los niños comprenden la importancia del trabajo y la división del mismo para su subistencia. Un hecho que sin que ellos se den cuenta los sitúa de regreso a una de las primaras etapas de la evolución social: la creación del clan.

Sin embargo, en vez de que el trabajo y sus frutos sean el vector que los impulse a mejorar sus condiciones de vida, se vuelve el inicio de su destrucción. Golding nos muestra como de la mano la división del trabajo nacen las clases sociales, el choque por el liderazgo, la división social y la discrimnación. Así como lentamente van desapareciendo la persecusión del bien común y el respeto por las diferencias.

Lo sorprendente es observar como se van desenmarañando toda esta serie de conceptos en una sociedad en la que la inocencia y la diversión eran los comunes denominadores sociales.

Quizás el juicio al que nos lleva el libro podría ser herramienta de debate tanto para realistas como para idealistas. Sin embargo, creo que la pregunta que en realidad deberíamos formularnos, es ¿Hasta dónde trabajamos por el bien común? ¿Qué tanto hacemos por una sociedad a la que crtiticamos todo el tiempo y de la que algunos incluso hemos traído de abstraernos ? ¿Con base en qué valoramos el trabajo de todos y cada uno, por su importancia para el bien común o por la utilidad que le genera a quien lo realiza?

En muchas ocasiones he escuchado que el fin último del hombre es la felicidad, ante esto les pregunto es también la felicidad el fin último de la sociedad y si no, ¿cuál es?