miércoles, 13 de agosto de 2008

Aún sin título


Era la noche de un 24 de diciembre y yo, como de costumbre, me encontraba sólo en casa, sentado en el viejo reposet verde con un cuarto de whisky en mano, una cajetilla de cigarros y mis cada vez más necesarias pastillas para dormir. Sin embargo, aquel día parecía que nada podría servir; la televisión aún más aburrida que nunca transmitía películas de Macaulay Culkin, Santa Claus y alguna que otra versión de Cuento de Navidad de Dickens.

Apagué el televisor y traté de tomar un libro pero mi mente en completa abstracción sólo recordaba imágenes inconexas de mi vida mientras mis ojos se deslizaban en automático a lo largo de la hoja. “Mierda” espeté después de fracasar en mi tercer intento por leer algunas hojas de Ficciones de Borges. Harto de mi situación y tras analizar que sería imposible reunirme con alguien a esa hora decidí salir a la calle.

Tomé un suéter rojo, me calcé las botas y después de echarme encima una bufanda junto con un saco salí decidido a encontrar calma a las ansias que amenazaban con destruir mi apartamento. Cerré la puerta para segundos después recordar que había olvidado mi anforita llena con los remanentes del whisky en la mesa del comedor. “Carajo, quizás sea mejor así”, pensé resignado.

Tan pronto salí me encontré con unos vecinos que salían cargados de regalos hacia alguna reunión familiar y después de intercambiar las obligadas felicitaciones escapé tan rápido como pude por la puerta de la cochera.

Marché sin rumbo hasta que se me ocurrió ir por un té de menta, era una excelente opción para calentarme y quitarme el sabor a alcohol y tabaco que impregnaba mi boca. Incluso, si aún tenía suerte podría probar uno de las deliciosas galletas de chocolate que hacían en el Café de la Paz. Cual fue mi sorpresa cuando descubrí que la sra. Hernández( la dueña del lugar) había cerrado temprano su negocio y de seguro se encontraba en compañía de sus familiares alrededor de una linda mesa adornada con bastones, piñas y motivos navideños.

Para colmo el frío comenzó a arreciar acompañado con un poco de lluvia, por lo que estimé que el camino de vuelta a casa sería una pesada caminata de 20 minutos. Naturalmente, la flojera me inundó, así que me resguardé bajo el techo de una casa hasta que recordé la existencia de una pequeña iglesia a tan sólo dos cuadros que podría ofrecerme resguardo ante la lluvia y de paso, un buen atole.

Tan sólo entré, me encontré con que justo al lado de la nave principal existía una pequeña capilla. Así que me dirigí hacia allá para evitar llamar la atención de los concurrentes de la misa que se estaba celebrando.




Una vez ahí me quité la bufanda y observé la expresión de la gente mientras rezaba. Qué extraños se veían todos, hacía tanto desde que yo no intentaba algo así. Recordaba la última vez que había acudido a una iglesia, 4 años atrás cuando falleció mi madre, pero en definitiva no recordaba en qué momento me oré por última vez.

Solté una breve risa y sin detenerme a pensarlo cerré mis ojos y comencé a hablar conmigo mismo y con algunos de los seres queridos que nunca más podría ver. Vi a mi padre, con cabello cano y su barba cerrada, hablé con él sobre mi vida en los últimos años. También estuve con mi abuelo; le pedí perdón por mis actitudes inmaduras, por no haberlo valorado y por incluso haberle deseado la muerte. Y con mi madre creo que sólo valore la oportunidad de ver su rostro que tantos años llevaba perdido en mi memoria.

No se cuanto tiempo habrá pasado, ni se cuál habrá sido la expresión en esos momento. Sólo se que al levantarme respiré hondo y me sentí ligero.

Tan pronto me enfile a la salida sentí una mirada que seguía mis pasos y segundos después ella apareció. Lo primero que vi fuero sus ojos color miel, luego su boca y su pelo negro. De pronto sentí mis manos en sus manos y cuando menos me di cuenta estaba prendido a ella en el más cálido abrazo que jamás haya sentido.

Acarició mi pelo y con la voz más reconfortante y dulce me dijo:

“No se que hayas hecho para que tu devoción saliera por unos minutos de la manera en que lo hacía, pero sólo recuerda que los errores sólo son piezas corregibles a la espera de una solución”

Sus palabras me sacudieron por completo, de pronto sentí como si alguien hubiese estado leyendo mis pensamientos, me sentí débil y evidenciado. Tan pronto me recuperé del shock me di cuenta que esa dulce mujer había partido y
fue en ese momento que me comprendí la existencia de los ángeles.

Vivir la melancolía

Aquella noche nos besamos como desesperados. Nuestras bocas parecían imantadas, unidas por una fuerza cuyo origen va mucho más allá del amor y de la pasión; un extraño poder que sólo se vive cuando se sabe que no hay mañana, que no hay futuro y que el presente es lo único que resta. Eso es a lo que llamo vivir la melancolía, anteponerse a lo que será el dolor de la separación para compartirla.

-Sabes que no podré volver a verte
Me dijo mientras sus ojos aceitunados se llenaban de agua y brillo.
-Lo sé-
- Sabes que te quiero y que vives en mí
- No lo dudo, pero también se quien eres y que no darás marcha atrás en tu decisión…

En aquel momento tapó mi boca con sus pequeñas y cálidas manos, tomó mi cabeza, acarició mi pelo, mis sienes y me besó por última vez. Después con una frase se consumó lo irremediable.

-Me tengo que ir

Aquella primavera estuvo enmarcada por la desazón, misma que con el paso de los días dio pie a la calma y al principio de la resignación. Meses después supe que había nacido su hija, no era mía aunque lo deseaba, de hecho, el padre de la pequeña fue el principal causante del punto y aparte en nuestra historia. Al menos así lo quise ver.

Me alegré cuando supe que la niña y ella estaban bien, y sentí una extrañeza absoluta cuando me enteré que la había llamado Sofía. “Sofía…” Sonreí y recordé el día en que lo elegí como el nombre que daríamos a nuestra futura hija.

Han pasado casi 10 años, pero aún recuerdo su voz, sus ojos; el otro día incluso releí una de sus cartas y me transporte a aquellos momentos, pero su rostro cada vez me resulta más difuso y a pesar de que me esfuerce en recrearlo, siempre termina por desvanecerse.

¿Pero de qué sirve recordarla de nuevo? Por más que trato no logró descifrar si la chica que está sentada a unos 20 pasos en el mismo vagón es ella. Si fuera ella ya me habría reconocido, o tan sólo se habría extrañado por mi rostro o algo. No se, puede ser que no me reconozca; sería normal, yo también cambié. Tengo barba y bigote, el pelo recortado y varios kilos de más.

Permanecí observándola, pasmado, sin atreverme a hablarle. Me sentí inútil y no podía sacarme de la cabeza la voz que me impulsaba a caminar y decirle “hola ¿Verónica? ¿Eres tú?”. Respire hondo cerré los ojos y marché hacia delante. Ella se levantó de su asiento y segundos antes de que se abriera la puerta volteó hacia mí. Ambos, como en acto reflejo evadimos las miradas, mientras ella atravesaba la puerta. Yo permanecí aturdido y viendo el cerrar de puertas. Cuando el tren comenzó su marcha Verónica volteó por última vez y entonces supe que era ella.