Aquella noche nos besamos como desesperados. Nuestras bocas parecían imantadas, unidas por una fuerza cuyo origen va mucho más allá del amor y de la pasión; un extraño poder que sólo se vive cuando se sabe que no hay mañana, que no hay futuro y que el presente es lo único que resta. Eso es a lo que llamo vivir la melancolía, anteponerse a lo que será el dolor de la separación para compartirla.
-Sabes que no podré volver a verte
Me dijo mientras sus ojos aceitunados se llenaban de agua y brillo.
-Lo sé-
- Sabes que te quiero y que vives en mí
- No lo dudo, pero también se quien eres y que no darás marcha atrás en tu decisión…
En aquel momento tapó mi boca con sus pequeñas y cálidas manos, tomó mi cabeza, acarició mi pelo, mis sienes y me besó por última vez. Después con una frase se consumó lo irremediable.
-Me tengo que ir
Aquella primavera estuvo enmarcada por la desazón, misma que con el paso de los días dio pie a la calma y al principio de la resignación. Meses después supe que había nacido su hija, no era mía aunque lo deseaba, de hecho, el padre de la pequeña fue el principal causante del punto y aparte en nuestra historia. Al menos así lo quise ver.
Me alegré cuando supe que la niña y ella estaban bien, y sentí una extrañeza absoluta cuando me enteré que la había llamado Sofía. “Sofía…” Sonreí y recordé el día en que lo elegí como el nombre que daríamos a nuestra futura hija.
Han pasado casi 10 años, pero aún recuerdo su voz, sus ojos; el otro día incluso releí una de sus cartas y me transporte a aquellos momentos, pero su rostro cada vez me resulta más difuso y a pesar de que me esfuerce en recrearlo, siempre termina por desvanecerse.
¿Pero de qué sirve recordarla de nuevo? Por más que trato no logró descifrar si la chica que está sentada a unos 20 pasos en el mismo vagón es ella. Si fuera ella ya me habría reconocido, o tan sólo se habría extrañado por mi rostro o algo. No se, puede ser que no me reconozca; sería normal, yo también cambié. Tengo barba y bigote, el pelo recortado y varios kilos de más.
Permanecí observándola, pasmado, sin atreverme a hablarle. Me sentí inútil y no podía sacarme de la cabeza la voz que me impulsaba a caminar y decirle “hola ¿Verónica? ¿Eres tú?”. Respire hondo cerré los ojos y marché hacia delante. Ella se levantó de su asiento y segundos antes de que se abriera la puerta volteó hacia mí. Ambos, como en acto reflejo evadimos las miradas, mientras ella atravesaba la puerta. Yo permanecí aturdido y viendo el cerrar de puertas. Cuando el tren comenzó su marcha Verónica volteó por última vez y entonces supe que era ella.
-Sabes que no podré volver a verte
Me dijo mientras sus ojos aceitunados se llenaban de agua y brillo.
-Lo sé-
- Sabes que te quiero y que vives en mí
- No lo dudo, pero también se quien eres y que no darás marcha atrás en tu decisión…
En aquel momento tapó mi boca con sus pequeñas y cálidas manos, tomó mi cabeza, acarició mi pelo, mis sienes y me besó por última vez. Después con una frase se consumó lo irremediable.
-Me tengo que ir
Aquella primavera estuvo enmarcada por la desazón, misma que con el paso de los días dio pie a la calma y al principio de la resignación. Meses después supe que había nacido su hija, no era mía aunque lo deseaba, de hecho, el padre de la pequeña fue el principal causante del punto y aparte en nuestra historia. Al menos así lo quise ver.
Me alegré cuando supe que la niña y ella estaban bien, y sentí una extrañeza absoluta cuando me enteré que la había llamado Sofía. “Sofía…” Sonreí y recordé el día en que lo elegí como el nombre que daríamos a nuestra futura hija.
Han pasado casi 10 años, pero aún recuerdo su voz, sus ojos; el otro día incluso releí una de sus cartas y me transporte a aquellos momentos, pero su rostro cada vez me resulta más difuso y a pesar de que me esfuerce en recrearlo, siempre termina por desvanecerse.
¿Pero de qué sirve recordarla de nuevo? Por más que trato no logró descifrar si la chica que está sentada a unos 20 pasos en el mismo vagón es ella. Si fuera ella ya me habría reconocido, o tan sólo se habría extrañado por mi rostro o algo. No se, puede ser que no me reconozca; sería normal, yo también cambié. Tengo barba y bigote, el pelo recortado y varios kilos de más.
Permanecí observándola, pasmado, sin atreverme a hablarle. Me sentí inútil y no podía sacarme de la cabeza la voz que me impulsaba a caminar y decirle “hola ¿Verónica? ¿Eres tú?”. Respire hondo cerré los ojos y marché hacia delante. Ella se levantó de su asiento y segundos antes de que se abriera la puerta volteó hacia mí. Ambos, como en acto reflejo evadimos las miradas, mientras ella atravesaba la puerta. Yo permanecí aturdido y viendo el cerrar de puertas. Cuando el tren comenzó su marcha Verónica volteó por última vez y entonces supe que era ella.
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