El vacío se extendía hasta hacerse uno con el horizonte pintado por los rayos de sol de las seis de la tarde. Después de unos minutos esa imagen, que al principio lucía imponente y aterradora, comenzaba a convertirse en un ángulo natural de la tierra. Conforme recorríamos la mirada sus tonos cambiaban del café claro al oscuro y así sucesivamente hasta convertirse en un negro tan profuso como nunca antes vi.
A nuestra espalda se extendía una gran planicie que meses antes nos había separado de los últimos rostros humanos. Traté de recordar alguna cara, pero mis esfuerzos fueron en vano, sólo eran formas difusas e incongruentes. A mi lado estaba Haruja, un buen compañero, pero mi falta de comprensión del japonés y su falta de buen manejo de alguna lengua occidental redujeron nuestra comunicación de manera notable.
“Harry” permanecía de pie frente a lo que parecía el fin de nuestra travesía, impávido y sin parpadear. Parecía suficientemente entretenido con el sonido de las piedras que rebotaban hacia el fondo del precipicio. Hasta que apretó los puños y rompió en llanto. Sus sollozos eran iguales a los de un niño cuando descubre que se ha convertido en hijo de la orfandad.
Traté de calmarlo pero me aventó hacia atrás y me hizo señas de que me mantuviera alejado. Luego espetó un seco y corto “por favor”. Entendí entonces que a diferencia mía “Harry” no había emprendido una marcha hacia el fin del mundo para huir, sino para morir y que si algo compartimos fue la condición de ser prófugos de nuestro propio pasado.
Su puño izquierdo perdió tensión y se abrió para dejar caer hacia la nada lo que pareció ser el mismo retrato que observaba a escondidas cuando me creía dormido.
“¡Haruja! ¿Quién es?” Le dije al momento que apuntaba con mi índice izquierdo hacia el papel volante, mientras que manoteaba mi palma derecha hacia arriba.
“¡¡Quién es!!”
“Mitsuku… es mi mujer, pero está muerta” dijo súbitamente Haruja en un inglés que jamás le había escuchado. Permanecí helado y a pesar mi sorpresa fui incapaz de poder formular pregunta alguna.
“Vine aquí, no a olvidar, sino a encontrarme con ella, tú, tú no sabes bien a qué viniste y lo peor es que en todo este tiempo tampoco lo has descubierto. ¿Miento? Si no me equivoco, entonces no tienes nada que hacer aquí. Vete… ¡Vete!”
Mi silencio no solo demostró que Haruja estaba en lo cierto. Sino significó el preámbulo de un enfrentamiento que desde años tras había postergado. Harry prosiguió al momento en que se volteo hacia aquel horizonte que poco a poco se fundía con la negrura de la noche:
“Si observas bien verás como se extinguen los últimos rayos de luz . Si cambias de lado te encontrarás con que no hay nada más allá de la negrura de la noche. Una obscuridad en cuyo fondo se encuentra el renacer de un nuevo día.”
En ese momento tomé mi mochila y salí a perseguir el sol. Y Harry... De Harry sólo puedo decir que no se defraudó...
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