jueves, 10 de abril de 2008

Tíbet y los Juegos Olímpicos




Hace 58 años el controvertido Mao Tse Tung (o Dong dependiendo de la traducción) cometió uno de los actos de violación al derecho internacional más flagrantes desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial: la anexión del Tíbet a su territorio.

Desde ese entonces China movilizó a millones de personas hacia el territorio ocupado, con fin de convertir gradualmente a los tibetanos en una minoría dentro de su propio país; una minoría que hoy cuenta con el respaldo del mundo entero gracias a la intransigencia y la intolerancia de las autoridades chinas.

Tíbet, antes de su anexión era un país de aproximadamente 2 y medio millones de kilómetros cuadrados (muy similar en dimensiones a México) cuyas fronteras colindaban con Nepal, Bhutan, China, Birmania e India.

A lo largo de su existencia se distinguió por su carácter pacífico; por su política aislacionista y la aplicación del budismo en todos los aspectos de su vida social y política. Siendo este último rubro una importante traba que debía ser desterrada, con fin de
instaurar los dogmas marcados por el modus vivendi trazado por el Partido Comunista Chino.

Pero la historia y el espíritu de una nación no se pueden borrar en un 1 día, una década o incluso un siglo. Más aún cuando se trata de un pueblo que habitó el llamado techo del mundo desde el siglo VII después de Cristo y que sobrevivió invasiones de ejércitos como el Mongol (s. XIV).

Hasta el pasado siglo contados eran los hombres foráneos (principalmente occidentales)que habían contemplado Lhassa y su imponente Potala (hogar del Dalai Lama). Entre ellos está el caso de dos occidentales: Heinrich Harrer y Peter Aufschnaiter. Ambos famosos por un conocido relato autobiográfico que fue llevado al cine a mediados de los 90.

La importancia de la difusión de su relato radica en que despertó el interés del mundo por el sufrimiento tibetano y despertó otro tipo de manifestaciones como es el caso del Concierto Multitudinario Free Tibet.

No fue hasta recientes fechas, en la víspera de la olimpiada de Beijing que el tema logró abarcar el espacio en medios que por años se le había negado. Esto a raíz de una serie de protestas en contra de China, la celebración de los Juegos Olímpicos y a favor de la liberación del Tíbet.

Si bien es cierto que la invasión al Tíbet constituye un acto de imperialismo cultural que hasta la fecha ha tratado de justificarse por todos los medios posibles, hay que reconocer que la naciente ola de inconformidad hacia China es el reflejo de un fenómeno cuyo trasfondo tiene orígenes más profundos: el repudio hacia el país que hoy se yergue como el heredero de la hegemonía mundial.

Se trata de un sentimiento de rechazo alimentado por las políticas coercitivas del gobierno chino y reforzado por sus continuas acciones unilaterales e impositivas; su descarada violencia y los abusos que a la vista de todos ha cometido.

Tan sólo el miércoles 9 de abril el Paris Match reportó 170 monjes detenidos, 94 heridos como el saldo de las protestas del día y muertos desde el inicio de la represión. Un día después el 10 de abril el Parlamento europeo amenazo con boicotear la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing, si es que China no se abre al diálogo con el Dalai Lama.

Parece ser que el afán de China de utilizar la olimpiada como un escaparate en que mostraría al mundo su lado moderno y tolerante, desembocó en un asunto de gran costo político que podría llevar al Tíbet a alcanzar la autonomía que durante tantas décadas ha anhelado.

De otra manera, se dará paso a cientas de manifestaciones más, que, a su vez darán pie a la represión y al rechazo generalizado de un mundo que busca la manera de desacreditar a un gigante que busca ganarse desesperadamente el reconocimiento y el respeto de un mundo occidental que reniega a verlo como la siguiente potencia hegemónica.

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