Desde cualquier ángulo posible las elecciones en el PRD nos dejaron en claro y en letras grandes algo que era sabido de mucho tiempo atrás: no hay unidad en la izquierda y mucho menos en la “llamada izquierda representativa” nacional.
Lo anterior acarrea un sinnúmero de consecuencias visibles, entre ellas la seguridad de que la izquierda no volverá a estar ni siquiera cerca de alcanzar el poder en la próxima elección presidencial; que el actual será un sexenio de descalificaciones al interior del partido y que no habrá un contrapeso a las propuestas de la derecha, por mencionar ciertos asuntos.
En su columna del jueves 20 de marzo Salvador García Soto alertaba también sobre el riesgo de que el partido se convirtiera en una caricatura de sí mismo. Hoy en día el PRD es víctima de las mismas prácticas que sus representantes han señalado desde 1988: fraude, manejo de elecciones, acarreo. Situación que por encima de sus consecuencias inmediatas deja en tela de juicio la calidad moral del partido.
Lo que observamos, más allá de ser una lucha por el poder es un acto de canibalismo que crece de manera sostenida desde el 2006, hecho que se reflejó en la pérdida de credibilidad del partido y su proyecto político. Esto es fácil de entender si analizamos cómo se conformó el equipo que rodeó a Andrés Manuel López Obrador en su candidatura presidencial.
Al principio parecía que se trataba de un ejercicio de pluralidad y democracia al interior del partido. Sin embargo, en el fondo se trató de una fuerte negociación que permitió que la gente de Jesús Ortega no se quedara sin abordar el carro que se dirigía a Los Pinos.
Los resultados de esta supuesta inclusión fueron más que funestos para las aspiraciones AMLO, el PRD y todos aquellos convencidos de que se podía dar un cambió de timón en el desarrollo del país.
Lo anterior acarrea un sinnúmero de consecuencias visibles, entre ellas la seguridad de que la izquierda no volverá a estar ni siquiera cerca de alcanzar el poder en la próxima elección presidencial; que el actual será un sexenio de descalificaciones al interior del partido y que no habrá un contrapeso a las propuestas de la derecha, por mencionar ciertos asuntos.
En su columna del jueves 20 de marzo Salvador García Soto alertaba también sobre el riesgo de que el partido se convirtiera en una caricatura de sí mismo. Hoy en día el PRD es víctima de las mismas prácticas que sus representantes han señalado desde 1988: fraude, manejo de elecciones, acarreo. Situación que por encima de sus consecuencias inmediatas deja en tela de juicio la calidad moral del partido.
Lo que observamos, más allá de ser una lucha por el poder es un acto de canibalismo que crece de manera sostenida desde el 2006, hecho que se reflejó en la pérdida de credibilidad del partido y su proyecto político. Esto es fácil de entender si analizamos cómo se conformó el equipo que rodeó a Andrés Manuel López Obrador en su candidatura presidencial.
Al principio parecía que se trataba de un ejercicio de pluralidad y democracia al interior del partido. Sin embargo, en el fondo se trató de una fuerte negociación que permitió que la gente de Jesús Ortega no se quedara sin abordar el carro que se dirigía a Los Pinos.
Los resultados de esta supuesta inclusión fueron más que funestos para las aspiraciones AMLO, el PRD y todos aquellos convencidos de que se podía dar un cambió de timón en el desarrollo del país.
Ahí está el ejemplo de Horacio Duarte, quien sucumbió en todas y cada una de los encuentros que mantuvo frente a Germán Martínez Cáceres, el mismo al que su férrea defensa del felipismo y del proceso electoral del 2006, lo llevó a ocupar la titularidad de la Secretaría de la Función Pública y luego la Presidencia Nacional del PAN. En pocas palabras la representación del PRD ante el IFE nunca estuvo a la altura de una elección presidencial.
Qué decir de la designación de Jesús Ortega como Coordinador de Campaña de AMLO, un error que se reflejó en la inoperancia de la Coalición por el Bien de Todos, ante los desleales e infundados embates de la derecha. Ortega en ese momento nos dejó ver su ineptitud, su falta de arrestos y su poco tamaño político (no se confunda con peso).
Tampoco el equipo de AMLO está libre de errores, como muestra basta analizar las vulgares formas con las que se conduce el encargado de la comunicación del partido, Gerardo Fernández Noroña. Quien dejó entrever que si de algo lo distingue es su pésima estrategia de comunicación.
Tras la derrota del 2006 se presentó un nuevo divorcio entre las tribus. Hecho que creó una bola de nieve que comenzó a acelerarse a raíz de septiembre de 2007, fecha en que la Presidenta de la Cámara de Diputados empezó el teje y maneje de relaciones con el ejecutivo federal. Situación que agravó la división entre los Chuchos y la gente de López Obrador.
El colofón de esta historia ocurrió el pasado domingo, un episodio que podría ser conocido como el día del mapache y que dejó en claro que en nuestro México es más fácil que renazcan los viejos usos y costumbres de la política nacional, a que se geste una verdadera democracia.
1 comentario:
pos su seguimiento de las pugnas internas del PRD es muy puntual mi estimado melqui, por no hablar de la valentía y honestidad críticas con que revistas el obradorismo. pero por qué no tratar también del vendepatrias de Cárdenas? Por qué no mencionar las muchas porquerías, y los crimenes que le son impotables a él, a su hijito facista y asesino y --si seguimos a Arnaldo Córdova-- a su mismísimo padre, don Tata? Míra que acaba de pedir que se anule la elección interna del PRD ¿por qué no pidió lo mismo ante la elección presidencial? Yo tengo claro el porque. Luego lo platicamos. Un abrazo
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