martes, 25 de marzo de 2008

Doble sacudida


Aún no lograba reponerme del espanto provocado por una seudo obra de arte cuando un viejo amigo se encargo de rematarme. La verdad aprecio que se haya tomado la gentileza de hacerlo, pues sólo así puse en justa dimensión el impacto y peso de dos asuntos que por sí mismos superan el calificativo de deleznables.

El reloj superaba las 4 de la tarde, como cualquier otro día me encontraba ya instalado en mi lugar y como siempre suelo a hacerlo procedí a abrir el mail para ver que malas o buenas nuevas me referían para el día.

Borré la basura las mugrosas notificaciones del Facebook (que siempre prometo desactivar de mi perfil), una que otra cosa de spam y finalmente llegué a un correo enviado por mi hermana. Era una de esas tantas peticiones que circulan por la red, pero decidí echarle un vistazo.

El texto relataba como un seudo artista costarricense de nombre Guillermo Vargas Jiménez “Habacuc”, había presentado en el 2007 en Managua, Nicaragua en una exposición a un perro callejero al cual ató y dejó a su suerte; sin agua, ni comida, desde el inicio hasta el fin de la exposición.

Un día después de finalizada la muestra el perro murió, sin que nadie, autoridades, público o cualquier otra persona hiciera algo a favor del perro o tratará de liberarlo de su sufrimiento.

Fue tal mi conmoción por este acto de auténtica barbarie que decidí firmar y reenviar la cadena. Creí que había hecho mi buena obra del día, pero a veces la vida no tarda ni dos segundos en desmentirnos.

Una hora después abrí mi mail por algún otro motivo, para sorpresa encontré el mail de mi amigo con una muy dura sentencia que más o menos trataré de parafrasear: Ojalá que las millones de personas que se conduelen por la muerte de un perro, hicieran algo por los varios millones de mexicanos en dicha condición.


De bote pronto la sentencia fue devastadora, tanto que mi alter ego incluso sintió un poco de molestia por tan contundente afirmación. Sin embargo, algo en mi se dio cuenta de la fuerza y la importancia de estas palabras.

Aquí estamos todos mandando cadenas y haciendo cosas por un animal cuyo final pudo haber sido el mismo en alguna calle centroamericana, mientras asumimos con total despreocupación la muerte por las mismas causas de miles personas alrededor del mundo.

Con ello no justifico en lo absoluto la salvajada que se hizo con el animal, sólo digo que no podemos ser desproporcionados en nuestros juicios, ni tan ruines y poco solidarios con las causas que deberían de priorizarse: las de la gente.

Es entonces nuestra la obligación de empezar a hacer algo por aquellas causas que requieren de nuestras inmediata intervención. No importa la manera, el momento, ni la trinchera desde donde actuemos. De otra manera, sólo seremos una bola de idiotas dándole la espalda a un moribundo en una exposición.

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